Thursday, June 25, 2009

XX



Ayer cumplí veinte años con la guitarra que ilustra este post. Veinte años. Casi no lo puedo creer. Y mucho menos que prácticamente no haya pasado un día de mi vida sin dejar de acercarme a ella. Aún recuerdo el día que mi papá me la regaló, claramente, con pulcritud enferma.
No es el estilo de este blog pegar textos escritos por alguien más, pero me parece más que atinado este que he encontrado en el diario del conjunto español La Habitación Roja, creo que me queda muy bien. Salud.

Os propongo un juego, empezad a tocar un instrumento, no sé, por ejemplo el piano. Al principio no tendréis ni idea de qué va la cosa, os llevará aproximadamente unos seis o siete años empezar a dominar el instrumento, seguramente vuestras parejas os mandarán más allá de la Torre de la Vela cuando le hagáis más caso al instrumento que al amor que os profesa, posiblemente os mandarán a la mierda. Como estaréis sin un duro, porque vuestra pasión de músico no os permite tener un trabajo normal que os quite tiempo para tocar, tendréis que trabajar en garitos de mala muerte para conseguir pasta y compraros un buen instrumento. Más tarde intentad formar una banda. Y otra vez de nuevo a empezar. Tendréis que tener buenos instrumentos si queréis sonar medianamente. Alquilad un local de ensayo, que por cierto, no son demasiado baratos. Varios años os llevará poneros a componer, que sepáis componer, que aprendáis a grabar, que toquéis todos a una, en fin…Diréis: vamos a grabar una maquetilla a ver qué pasa. Sacad pasta de donde no la hay y grabad. La primera será una mierda y tendréis que grabar más hasta que encontréis vuestro sonido. Diréis, ¿porqué no hacemos conciertos? y ¡sorpresa! Tendréis que pagar para trabajar, es fascinante. Al cabo de los años os pelearéis unos con otros, cambiarán los miembros de la banda, etc… o simplemente formaréis otra y vuelta a empezar. Ya no sabréis qué es eso de tener pareja... Pasarán más años y estaréis agotados. Pero aún así, otra vez os meteréis a un estudio, ¡vamos a grabar un disco! Eso vale mucho dinero. Querréis editarlo, etc… y ¡sorpresa! no os contesta ni dios…, simplemente vuestra banda no existe. Más peleas, más cambios, hasta que a alguien se le agota la paciencia y dice: ¿por qué no nos sacamos el disco nosotros? Guay, cojonudo, de puta madre.¿Tenemos dinero? ¿….?¿Cómo? Dine… ¿qué?Ni un puto duro. Alguien consigue mucha pasta, para devolver, por supuesto, y empiezas a hacer los trámites para sacar tu disco.

Luego tendrás que pagar para tocar, pagar para trabajar y seguramente no vayas a cobrar nada. Pero esto no es lo mejor, la incompetencia en el mundo de la música es brutal. Te van a cancelar bolos por la cara y te van a joder cuatro o cinco bolos más porque sí. Después de un fin de semana de mucho curro, llegas a tu casa un domingo por la noche y el lunes a tu trabajo, si es que tienes. Si no tienes, la has cagado. Porque todo lo que tenías ahorrado te lo has gastado alquilando salas, alquilando furgoneta, alquilando un hotel y pagando gasolina y comida. Y al llegar a casa las cuentas te dan número rojísimos. Mi consejo es que el lunes por la mañana te acerques al SuperSol más cercano, compres dos sacos de patatas, un paquete de arroz y un hueso de jamón, eso no te saldrá por más de 5 euros. Y prepárate para comer patatas en todos sus modos de preparación y hacerte sopas de arroz con el hueso de jamón (consejo: el hueso de jamón te puede servir al menos para dos sopas).

Tú eras un chico con futuro, has estudiado, tienes un título, pero tu vida es tocar. Vas a maldecir lo que no está escrito y aún así querrás volver a salir a tocar lo más pronto posible y grabar otros discos para enseñarle al mundo que la música será nuestro pasado, nuestra historia. Acabarás con treinta y pico años con el futuro más negro que jamás hayas advertido.

p.d.: No le regaléis a vuestros hijos una guitarra para su cumpleaños.

Michael


Mi madre nació en un solitario pueblo del norte del país, polvoriento y olvidado hasta por las campañas del PRI. Pasó mucho tiempo antes de que llegase ahí el servicio de electricidad y claro, careció durante décadas de los servicios sanitarios mínimos para vivir decorosamente. Sin embargo, a pesar de su incomodidad, de niño me gustaba visitarlo porque había un río, iguanas, cerdos, vacas, caballos y gallinas; todos reales. Ah, también había burros.

En la casa de un primo, resguardada por un ejército de alacranes, una vieja consola Zonda hacía las de comedor y repisa justo en el centro de una gran habitación. A veces, por la tarde, los adultos hacían a un lado las carpetas de colores chillantes que cubrían su tapa y ponían discos. De sus bocinas infestadas de insectos escapaban canciones que jamás olvidaré, como las de Carlos y José y Los Cadetes de Linares. Tambien ahí, asomándome a su aguja, conocí a Michael Jackson. Uno de mis primos tenía un disco de él, Espeluznante lo llamaba; el Thriller pues. Y yo bailaba break dance mientras éste daba vueltas. Me divertía mucho oyéndolo.

Eso ocurrió hace varios años, en un pueblo abandonado al norte de México. No hay exageración en la sentencia que dicta aquello de que en todas las casas existe una copia del álbum más popular de ese sujeto que alguna vez fue negro y que hoy, dicen, ha muerto.

Saturday, June 13, 2009

Barro


¿Alguien dijo que enlodarse en Glastonbury no era divertido?

Monday, June 08, 2009

Ticket to ride



Un boleto Wendy. Lo llevaba en el bolsillo mientras andaba a toda velocidad, sudando en los pasillos del metro parisino, cargando maletas a las que no les servían las ruedas.
El sólo hecho de dar un paso significaba un auténtico suplicio. Cuando llego al fin a la estación de trenes, convencido de que sólo resta abordar y esperar el arranque, me lo dicen fríamente, como si fuera cualquier cosa: mi tren efectivamente está a punto de arrancar, pero lejos de donde me encuentro. Estoy, simple y llanamente, en la estación equivocada. Un boleto Wendy. Mi única esperanza, guardada cuidadosamente entre mis pulmones, sellada con el sierre de mi chamarra en esa madrugada que pasé dormitando en un frío asiento de la estación, merodeado por ratas. Ese mismo día por la tarde miraba sonriente los espectaculares que anunciaban la premiere de la exquisita Ratatouille, y para la noche ratas inmensas con quijadas de acero rondaban mis pies. Nada de chiefs sonrientes, nada de cenas pomposas. Apenas amaneció me dirigí a una ventanilla para suplicar ayuda; no tenía dinero para comprar un nuevo boleto, necesitaba que me hicieran válido el que aún guardaba. Fui escuchado y, sin promesas, quien me atendió firmó la parte posterior de mi ticket.



Ese garabato Wendy, fue mi pase a las vías. De no haber tomado su pluma y azotado el sello en el trozo de cartón, aquel amable sujeto hubiera visto correr más lágrimas de la persona que estaba a mi lado. Él no quería que eso ocurriera, y yo tampoco. Por eso al final nos permitió a ambos tomar el tren. Con un día de retraso abandoné París. "¿Lo ves?" - le dije a quien ya sonriente caminaba a mi lado- "Sabía que entenderían". Hace justamente un par de años sucedió lo que te cuento . Y hoy miro ese ticket como quien observa una foto de sus años de juventud. Conservo ese cartón rectangular como la prueba fiel de que vale la pena guardar un trozo de esperanza entre los pulmones, aunque a veces parezca inútil.

Monday, May 18, 2009

Un punk medio berrinchudo

Querida Wendy. Ayer salí a tomar un trago a un lugar donde había un trío de copetudos sobre la tarima. Tarola, bombo, crash, guitarra y contrabajo. El encargado de las baquetas mantenía cierto parecido con Buddy Holly, mientras los otros dos eran una mezcla de Pedro Infante con Joe Strummer. Por cerca de una hora destapé las cervezas al ritmo de versiones a clásicos de los cincuenta. El grupo ejecutaba bien de verdad, y sus evoluciones provocaron que la variopinta concurrencia del lugar se levantara frecuentemente de su asiento para jalonearse a gusto en la pista de baile. Cuando la fiesta parecía alcanzar su punto más caliente –naturalmente, con “Great balls of fire” como pretexto- un grupo de músicos nuevos recibió la estafeta en el escenario. Por desgracia, la vulgaridad fue la invitada de honor desde entonces. Decidí huir de la tanda de música barata que se avecinaba acompañado por unos cuantos amigos. Todos nos apretujamos en un auto compacto con la dirección clara: un lugar en el cual seguir pasándola bien, aunque a sabiendas de que no escucharíamos más los espectros de Roy Orbison y Gene Vincent. Parecía que la noche acabaría tan bien como empezó, con todos felices sobre el coche, entre bromas y risotadas, hasta que el listillo que viajaba a mi lado -quien por cierto se dice punk “de verdad", como si contase con una tarjeta de afiliación sindical emitida en el mismísimo Chopo- sacó un cigarro. Sí Wendy, con la naturalidad que uno abre el refrigerador para destapar una soda en casa, este sujeto se llevó la boquilla a su trompa mientras sacudía un encendedor. Antes de que se concretara lo que parecía inminente, le solicité al dizque punk que por favor se abstuviera de encender su cigarro. La petición no era gratuita. A mi lado había una persona que padecía asma, y esta le hizo saber su condición al fumador mientras el humo ya atascaba el aire dentro del auto. “No sé por qué soy tan necio”, dijo socarronamente el tipejo dibujando una sonrisilla, un gesto ridículo que pretendía poner en evidencia que sus bolas eran inmensas. Le exigí entonces que dejara de fumar, pero no fui escuchado. Entendí que el hombrecillo se sentía un gigante con el cigarrillo entre los dedos. Le urgía aumentar sus dimensiones y ese era el momento justo para hacerlo. Era Alguien (¡Alguien!) mientras le daba el toque a su tabaco y exhalaba el humo en mi inconforme nariz y la del resto de quienes viajaban dentro del auto.

Llegamos al lugar donde se supone seguiría la fiesta, y el cigarro del punketito permaneció encendido. Opté por ignorar al rijoso, aunque él mamonamente me decía que no me enojara –ay, que detalle- por un “pinche cigarrito”. Entramos todos al bar que seguía en la lista ya con el ánimo tropezando, pero aún vivo. Yo ignoraba que el desobediente tenía ganas de provocarme aún más; fumándose otro cigarro, pero con el detalle de que llevaría a cabo la acción en plena barra. Justo cuando yo pasaba a su lado para entrar al baño recibí una bocanada de humo en la cara. Fue demasiado. El sanitario podía esperar. Cambié de ruta de golpe para dirigirme a la salida y exigirle al inmenso hombre que resguardaba la puerta que se encargara del ignorante que repartía humo en la barra, quien de inmediato pisoteó su cigarro ante la corpulencia del solicitante. Fue cómica la escena, es decir, el vigor de la orden y su consecuente y sumiso acatamiento. Muy gracioso todo. Me fue imposible pasar al lado del “rebelde” y evitar hacerle un comentario fugaz mientras estrechaba su mano. “Qué fácil se le pone la suela en la garganta a un punk de postal como tú”.

Wendy. Hace poco tiempo acudí al médico. Cuando una tos seca e incisiva apareció de pronto. El diagnóstico fue claro ya con una placa de mi torax sobre un escritorio: bronquitis. Tú lo sabes querida, prácticamente durante toda mi vida he sido un fumador pasivo, pero eso se acabó.

Sobre estas líneas, una contundente muestra del arte que nuestro necio y fumador amigo desparrama cuando sus manecitas toman las crayolas. ¿A poco no es todo un artista? Y espérense a escuchar las canciones del muchacho (¡porque también toca la guitarra!), vaya talento el suyo. Que Mick Jones y Henry Rollins se pongan a temblar.

Wednesday, May 06, 2009

Nos Llamamos



A guitarrazos, así nos llamamos
Lejos de los convencionalismos de la escena local emerge Nos Llamamos, un trío capitalino que a punta de voltios le da una buena sacudida de hombros a todos esos grupos que se creen muy salvajes sólo porque se visten con colores estruendosos. Traen bajo la axila su álbum debut, Damián, Aarón y Héctor, a quienes se adhiere Hugo, el recién llegado al proyecto.
Sobre el nombre, Nos Llamamos, ¿homenaje a The Who?
Aarón. Nuestro nombre tiene qué ver con The Who en la medida que la gente lo relacione.
Damián. Nos Llamamos llegó después de usar nombres tan malos como Los Tubérculos o Tíboli.
Algunos relacionan su sonido con Sonic Youth…
Damián. En una revista leí que sonábamos a Soda Stereo y Stone Temple Pilots. Puro humor involuntario.
Aarón. Y no nos molesta que eso pase. Nos gusta Sonic Youth. Por ahí piensan que Boston es como nuestra banda madre…
Pues sólo se parecen en lo abigarrado de sus portadas. Por cierto, ¿quién hizo la de ustedes?
Aarón. Un amigo que se hace llamar Wicho.
Héctor. Dibujó lo que le hacía sentir el disco. Pensaba en un túnel donde flotaba mientras las canciones ardían en llamas.
Damián. La verdad es que se drogó para hacer la portada.
Me gusta cómo suena su disco, y sin drogas. Muy cutre y mal encarado.
Aarón. Es que se grabó en cinta de re uso con una máquina vieja. No buscábamos el sonido cristalino de las grabaciones de hoy en día.
Héctor. Aunque en realidad queríamos sonar como AC/DC.
Aarón. Y quien masterizó el disco, Alejandro Giacomán, nos dijo que eso no tenía qué ver con nosotros.
Grabaron con Martín Thulin (Fancy Free) y Alexis Ruiz (Paté de Fua).
Héctor. Alexis una vez nos escuchó en un concierto y de ahí nos propuso grabar, gratis.
Aarón. Y trabajamos también con Martín en el estudio, acomodándonos a sus ratos libres, por eso el proceso de grabación nos tomó un par de años.
Héctor. Fue él quien nos sugirió escribir letras, al comienzo carecíamos de ellas.
Aarón. Aunque no estamos seguros de que la gente las entienda, porque son como onomatopeyas, puros balbuceos y pegostes de palabras.
Me cuesta trabajo imaginar a alguien bailando feliz sus canciones.
Héctor. ¡Nosotros tampoco lo imaginamos!
Damián. Es que jamás hemos tenido público.
Bueno, estabas tú Hugo, el recién llegado al grupo, supongo que solías ser fan.
Hugo. Desde que escuché a Nos Llamamos me gustó un chorro su sonido. Para mí, es la mejor banda de México, sin más.
¡Hey, se te olvida Maná!
Hugo. Cierto. Aunque la verdad es que aún no nace quien supere a Sombrero Verde.


Sería injusto decir que Nos Llamamos se asemeja a Sonic Youth sólo porque al grupo defeño también le fascina pisotear sus pedales de distorsión a la menor provocación y se lleva pesado con la disonancia. Como el propio grupo dice, acá hay balbuceos, desafinados sí, pero filtrados efectivamente por su pedalería en tracks que desde los títulos plantean sus alcances -una canción “Marina”, otra “Roquera” y alguna “Ranchera”- y que regularmente llegan a su fin una vez que el nivel de voltaje ya ha provocado mareos. Ánimos sicodélicos en “Frenesí”, un homenaje garaje a Led Zeppelin en “Línea” y una especie de punk progresivo (!) en “Rompevientos”; todo delineado por interesantes movimientos de perillas en la producción para hacer de este álbum debut uno de los discos mejor logrados de 2008. Y eso sí es justo decirlo.
Nos Llamamos. Nos Llamamos. Silicón Carne/ Intolerancia, 2008.

Tuesday, April 21, 2009

Cártel de Santa


Cuando Babo zumba
Frente a mí se encuentra Babo, tumbado en un sofá, sobándose la cabeza. Crudísimo. Me explica que en la fiesta de ayer mezcló mal los jarabes y que prefiere platicar conmigo así, acostado, para reponerse. "Hay combinaciones letales", me dice, “métete anfetaminas con psicotrópicos. Para arriba con para abajo. Corto circuito. Pero si no quieres pedos lo único que combina con todo es la mota, esa es la chidita”. Junto al convaleciente se encuentran Dharius y Román Rabia; los tres conforman Cártel de Santa y vienen con Vol. IV, su álbum más reciente, el trabajo que Babo presenta justo después de pasar algún tiempo en la cárcel, culpado de asesinato.
Babo, leo los tracks que aloja tu disco más reciente: “Puro Cártel pa´arriba”, “Babo regresa”, “El cabrón”, “Cuando Babo zumba”… Como debe ser, puro egocentrismo. Sin embargo me sorprende un título como “Vato sencillo”; demasiado manso ¿no crees?
A mí esa canción me gusta un chingo, porque cuando estuve en la cárcel me di cuenta de que hay que ser sencillo. Ahí dentro vale madre si traes Rolex o lo que sea, ahí nomás traes la verga y los tanates. Puedes creer que es posible protegerte con dinero de lo que hiciste afuera, pero adentro lo pagas todo a huevo. ¿Dinero? Te lo van a quitar todo y luego te van a chingar. En la cárcel, la facha, las garras, las pinches joyitas y la madre valen verga. Por eso yo el bling bling lo traigo tatuado en la piel, así no lo empeño y si me lo roban no creo que sirva de mucho.
¿La pasaste mal allá?
¿En la cárcel? No, no la pasé mal. Vivía en una suite climatizada con pantalla de plasma. ¿Pues tú qué crees? ¿Qué nunca has estado encerrado? Has de cuenta que yo estaba en un módulo de alta seguridad, bajo tierra, en una especie de sótano. Ahí me metieron. Es un lugar en donde sólo echan a gente del crimen organizado y a secuestradores. Me tocó tener de compañero a un vato que mató a su papá y a su mamá a machetazos porque no le quisieron dar más dinero para comprar piedra, y había un chingo de Zetas también. Conviví con raza muy odiada, pero dentro de lo que cabe todos me trataron bien y yo igual les eché la mano a varios. Soy una persona que se adapta pronto a todos los ambientes, entonces como al tercer mes de estar encerrado ya sabía hacia donde corría el agua, quién jalaba para cuál lado. También me di cuenta de cómo arreglar los pedos y de quién valía la pena hacerse compa y llevarla chido. Algunas veces solucioné problemas con verbo, pero otras ocasiones tuve que chingarles toda su pinche madre a dostres, para que ni me voltearan a ver los putos. En la cárcel existe un código de silencio, así que cuando me preguntan mejor me callo la boca. En ese sentido, jamás recibirás una respuesta honesta de mi parte. Pero sí te digo algo de ese lugar: chido no está.
Alguna vez, hace ya varios años, me dijiste que todos los problemas se solucionaban con la verga, ¿aún sostienes esa frase?
A huevo. Porque yo soy la verga. Pero fíjate que en la cárcel no pude arreglar nada con ella. Porque allá la verga sólo sirve para dos cosas: para miar o para humillar a alguien.
¿Qué tanto de este Vol. IV fue escrito durante tu encierro carcelario?
Allá dentro escribí “Babo regresa”, “Cuando Babo zumba”, “De México el auténtico” y “Filosofía rítmica”. Incluso hice una que narra los hechos de ese día, de cuando me entregué a las autoridades, se llama “Cosas de la vida”. Escribí más adentro, pero no quería que todo el álbum supiera a encierro. Además cuando salí me puse contento, y quería reflejar también eso en el disco.
¿Cuál es la diferencia entre planear rimas tras las rejas y hacerlas en la banqueta?

Escribir adentro era lo que me sacaba del encierro. Escribir afuera es lo que me da de comer. Adentro, escribiendo me transportaba a otro lugar o me ponía en una situación mental distinta a la de obsesionarme con la idea de quedarme encerrado 25 años. Y es que yo no recibía visitas comunes porque estaba en un módulo de alta seguridad, incomunicado. Sólo entraban a verme familiares directos; iba mi morra, mi papá y mi hermana. No vi el sol, ni la luna ni las estrellas durante diez meses. Mi única luz era una lámpara fluorescente que zumbaba. Zzzzzzz. No podía abrazar a nadie cuando iban a visitarme, ni madres. Veinte minutos de charla, un cómo estás y a la verga. Nada de que los domingos entra toda tu familia y los traes dando el rol por todo el penal. No. Esas no eran mis condiciones.
¿Qué ocurrió Babo, qué fue lo que terminó llevándote a la cárcel?
Cuando yo llegué carnal, declaré las cosas tal como habían ocurrido y el abogado me dijo: “tú ahorita te vas. Es imposible que le hayas disparado a tu compa de manera directa. Ya tengo la autopsia y las trayectorias de las balas, todo. Para empezar ya tenemos las ojivas de las balas y están deformadas, entonces no hay problema. Sólo te voy a dejar en este separo de momento”. Y no sé por qué me llevaron a ese modulo especial, ¿por ser artista o qué chingados? Yo siento que me agarraron de chupacabras. Porque en el tiempo en que me agarraron estaba todo el desmadre de los Zetas en Nuevo León, cuando hubo como veinte ejecuciones. Y yo le vine a tapar el ojo al macho gracias a la prensa. Me agarraron de chupacabras diez meses. Porque si yo hubiera sido cualquier otra persona, ya con los estudios de balística y el perdón de la familia –porque los familiares de quien murió sabían cuál era el problema real; el que yo tenía con la persona que me agarré a balazos- todo hubiera salido bien. Así pasa, no por ser una figura pública te va bien.
¡Yo supe de tu situación gracias a un programa de chismes baratos por TV!
Y eso que en ningún momento me permitieron dar declaraciones a la prensa. Y a los periodistas les decían que yo tenía un amparo para no declarar. ¿Cuándo has sabido de algo así, un amparo legal para no hablar con la prensa? Esas eran mamadas del gobierno porque yo les estaba jalando bien para desviar un poco la atención respecto a lo que ocurría con el crimen organizado. Yo hice saber que estaba consiente de lo que ocurría, de que tenía las pruebas a mi favor en la mano, pero no sé qué chingados pasó.
¿Y qué sucedía con el resto de Cártel de Santa mientras tú estabas encerrado?
La neta los únicos que me daban ánimos eran estos vatos (señala a Dharius y Rabia) y Mary Dee, porque hasta mi manager me llegó a decir: “ya valió verga, si te transfieren a otro reclusorio ya dijeron que te van a matar, vas a valer madre”. Y bueno, ya antes la disquera me había hecho una jugada bien pedorra; me quedé sin manager y me congelaron un año por eso. ¿Qué chingados, a huevo necesitas de un manager para grabar un disco?
Tienes razón en ese punto, pero bueno, aquí está el disco al fin ¿no? El Vol. IV.
Ah, sí. Trae trece tracks. Producidos por Mauricio Garza y grabados en nuestro propio estudio. Yo digo que este disco es una mezcla de los volúmenes I y II del Cártel; vale la pena porque trae sonidos muy frescos y beats bien acá, muy chonchos.
Esta entrevista fue publicada en la revista Gorila.

Thursday, March 19, 2009

Radiohead


Hail to the thief
El concierto que Radiohead ofreció en México el pasado domingo 15 de marzo resultó brutal, al menos para mí. Esa noche sentí que el campo de baseball sobre el cual estaba parado, recibiendo los voltios directo en la cara, era un embudo donde irremediablemente se escurrían mis días. Y todos ellos se fueron al vacío, uno por uno, canción tras canción. El grupo de Oxford me mostró que la belleza vive dentro del caos y me permitió atestiguar cómo la fuerza de la gravedad se manifiesta. Esa noche me conmoví en un grado tan profundo que al final de la cita sentí que alguien me había rebanado la espalda de un hachazo para hurgar en mis adentros y luego arrojarme en medio del terregal que cerca las gradas del foro. Extrañas sensaciones circularon por mis venas esa madrugada camino a casa. Taquicardia acompañada de una suerte de confusión mental. Síntomas que finalmente trajeron consigo una idea clara, bien definida, a la mañana siguiente: era necesario repetir la dosis. Contaba con una entrada para el segundo concierto de los ingleses, pero mi deseo era acercarme aún más a sus amplificadores. Escarbando, conseguí dinero. Suficiente. Así que pensé que el resto sería sencillo: alguien podría tener un boleto de sobra y otra persona más querría un ticket como el que yo poseía; si la suerte estaba de mi lado y ambas circunstancias se daban cita todo resultaría apropiadamente.

Llegué a las afueras del Foro Sol cerca de las seis de la tarde del lunes 16 de marzo. Los revendedores dominaban el panorama, como de costumbre, pero buscando un poco me encontré con unos fans que vendían unos cuantos boletos, naturalmente, al precio que fueron comprados en taquilla. Y las entradas eran justo como las que yo requería. El paso uno estaba dado. Restaba que alguien comprase mi boleto para así completar el efectivo que me hacía falta. Busqué con la mirada a mi alrededor y me encontré con un tipo de aspecto desesperado. Ambos cruzamos nuestras miradas y luego éste me preguntó si tenía boleto. Le contesté que más bien quería deshacerme de uno para así comprar otro de mejor lugar. Tras mirarla y cerciorarse de que no era falsa, tomó mi entrada y me interrogó cuánto quería por ella. Le contesté que justo lo que me costó y que incluso estaba dispuesto a recibir un poco menos con tal de acelerar la venta. Aquel no dejaba de mirarme, inquisitivamente. Noté que estaba nervioso y eso me dio mala espina, así que intenté quitarle mi entrada, pero él la sujetó con fuerza mientras sacaba un radio de no sé dónde para decirme que formaba parte de un operativo y que yo era un revendedor, que por favor lo acompañara. Por supuesto que mi primera reacción fue decir que yo no era un revendedor. ¡Por favor, estábamos justo en medio de muchos de ellos! Tipos que descarada, abusiva y mañosamente ofrecían comprar y vender boletos en una transacción donde sólo ellos salían ganado. Profesionales de la reventa. Delincuentes. Los que todos vemos en cada concierto pues. Jamás intenté frenar esa especie de arresto, incluso, confiado en mi inocencia, le dije a la persona que tenía mi boleto, y que para entonces ya apuntaba mi nombre tras él, que aclaráramos el malentendido lo antes posible porque me urgía entrar al concierto. Sin embargo unos pasos adelante dos policías me tomaron del hombro y me llevaron hacia un autobús, de esos donde suelen transportarse los granaderos. Cuando noté que estaban a punto de subirme a él intuí que el asunto no iba a solucionarse pronto. Además, descubrí que el tipo que me “atrapó” no estaba cerca. Había desaparecido con todo y mi boleto. A la orden de “súbase ya” sentí que todo lo malo estaba por ocurrir. Hasta ese momento, ningún miembro de la justicia se identificó conmigo.

Dentro del camión había más personas, cerca de quince sufriendo una situación similar a la mía. Pero lejos de tranquilizarme por el hecho de no estar solo, me encolericé. Se trataba de asistentes al concierto que ofrecieron los boletos que les sobraban “al precio”, por diversas razones. Ninguno de ellos estaba interesado en hacer negocio y lo único que querían era salir del problema lo antes posible para entrar al concierto. Yo buscaba lo mismo. Pero ahí, entre escudos, macanas y cascos, sentí que estaba perdido. Anochecía y el acento de los sujetos que formaban parte de la ley era intimidatorio al momento de dar órdenes. Todos portaban pistola, y el simple hecho de que se parasen a mi lado me provocaba malestar. Absoluta desconfianza. Mi estancia ahí se prolongó por dos horas y media. Durante ese tiempo nadie me informó qué procedería conmigo hasta que finalmente un policía abrió la puerta y me sacó para subirme a una ambulancia.

Después de que verificaron mi ritmo cardiaco, una mujer frente a una computadora tomó de nueva cuenta mis datos y un tipo me explicó cuál era mi situación. Estaba ahí, dentro de una carpa resguardada por unos diez elementos de seguridad, porque me habían “agarrado” revendiendo, y eso era un delito. Así me lo dijo: te agarramos. De risa loca. Expliqué entonces qué pasó exactamente horas atrás, procuré dejar claro que yo no era un delincuente, pero a cambio recibí una respuesta seca: o pagaba en ese momento una multa de 1150 pesos por mi falta o pasaría más de veinte horas recluido. Le solicité entonces a la persona que hablaba conmigo que se identificara, pero argumentó que había extraviado su gafete. Vaya, así que yo tenía que darle más de mil pesos a un desconocido tras ser privado de mi libertad durante horas por otros desconocidos. Pasaban de las nueve de la noche. Kraftwerk seguramente ya estaba en sus camerinos para entonces, secándose el sudor tras ofrecer su set de canciones. Presionado por ese hecho y desesperado luego de permanecer horas encerrado, decidí pagar la multa. Quería ver a Radiohead, no pasar la noche en una esquina apestosa a orines. Y hablando de desechos orgánicos, minutos antes me enteré de que la ley no contaba con un baño para un criminal como yo. De hecho, otro detenido se vio orillado a hacer sus necesidades justo dentro del camión. Y claro, se hizo acreedor a una multa extra por ello.

Qué sucede aquí. Por qué los revendedores, a la vista de todos ese domingo y lunes y en todos espectáculos que tienen lugar en el DF, no son detenidos por los siempre eficientes y perfectamente planeados operativos que la ley organiza. Bajo qué parámetros se les permite delinquir a todas luces. Quiénes comandan esa mafia y en qué escritorio existe alguien con la vista suficientemente robusta como para no notar su presencia. Si yo soy un criminal, ¿cuál calificativo podrían recibir quienes permiten que ese círculo vicioso, donde la corrupción y el abuso son ley, se mantenga intacto? Fue muy complicado para mí terminar ese día con los bolsillos agujerados y mi estado de ánimo rondando las coladeras, porque lo peor de todo fue que mi boleto jamás me fue devuelto. ¿Es que era el cuerpo del delito? Cuando le solicité al tipo sin gafete que me mostrara la ley donde estaba estipulado que él contaba con la facultad de no regresármelo, se mostró lo suficientemente incompetente como para no hacerlo por él mismo, así que pidió ayuda a alguien más diciendo chabacanamente “ay, no le entiendo a esta ley”. Algo más, cuando le hice saber mi lista de quejas tampoco fue capaz de mostrarme dónde y con quién presentar formalmente mi inconformidad en ese momento. Estructuras colapsadas. Incompetencia. Impotencia. Quienes se suponía estaban cerca de mí para resguardar mi seguridad no hicieron más que provocarme repulsión. Cómo deseé que algún policía del karma estuviera cerca de mí ese lunes; el día que yo auguraba sería perfecto y que terminó demolido en un dos por tres, como una frágil casa de naipes.
*La foto que ilustra este texto fue tomada de la página oficial de Radiohead.